sábado, 8 de mayo de 2010

El origen de las cosas: el abanico desde sus orígenes al siglo XIX.

El abanico fue y continúa siendo un objeto de culto, un accesorio útil y un arma de coquetería femenina. La misma necesidad que motivó su aparición hizo que muy pronto se abriera paso y fuera adoptado en las ceremonias cortesanas de los soberanos orientales. De ahí que se convirtiera en símbolo de dignidad y categoría. Se han encontrado así preciados ejemplares en las tumbas de reinas de India y Egipto. Ya en la Antigüedad, Homero, Anacreonte y otros poetas griegos pusieron un abanico de plumas en las manos de Venus, Penélope o Circe. Los Romanos imitaron a los Griegos en este uso, empleando un abanico formado por una gran hoja arqueada.

En la Edad Media se pierde este accesorio como elemento de la estética femenina y sólo la Iglesia lo mantuvo. A partir del siglo IX se menciona habitualmente en los inventarios de las Iglesias el flabellum ad muscas a sacrificiis abigendas, utilizado para espantar los insectos durante la realización de los ritos, y teniendo durante esta época la forma de un serafín con seis alas.

Es difícil precisar la época en la que la mujer vuelve a adueñarse del abanico, y se sitúa probablemente en la época de las Cruzadas, donde el contacto con los pueblos de Oriente trajo de nuevo consigo el empleo de este utensilio. Se cuenta así en los libros de caballerías que la Condesa de Artois, en 1316, tenía uno con el mango hecho enteramente de plata. Durante esta época, como se deduce del inventario de bienes de Carlos V Rey de Francia, el abanico tiene la forma de una pequeña banderola con un largo mango.

Será a partir del siglo XVI cuando, influenciados por los abanicos confeccionados por los pueblos de Sudamérica, se crea el clásico abanico de plumas de ave, más práctico que los anteriores modelos, ya que las señoras no tenían necesidad de servidores que las abanicasen.

El abanico de pliegues, tal y como lo conocemos ahora, proviene de Japón, cruzó China, y llegó a Europa a través de España, pues se conoce que el archiduque Fernando de Tirol contaba en 1569 con "dos aventadores españoles que pueden permanecer abiertos o cerrados". Junto a este nuevo modelo, que permanecerá hasta la actualidad, se mantienen los clásicos aventadores confeccionados con plumas multicolores, no tanto por el sentido práctico, sino más bien por la idea de ostentación que desprendían. Se cuenta así que la reina Margarita de Navarra, primera esposa de Enrique IV, poseía un aventador de plumas blancas adornado por un lado con un espejito cicundado por ocho rubíes sin labrar, y por el otro con cuatro camafeos recortados y una perla. La mujer que logró la definitiva transición del aventador al abanico de pliegues sería Catalina de Médici con sus abanicos importados desde Italia. La propia Reina Isabel de Inglaterra decía que los abanicos eran el único regalo que una reina podía aceptar de sus súbditos, dejando a su muerte treinta preciosos abanicos.

La moda de los abanicos con plumas de avestruz procede de Italia, concretamente de Venecia. Pero esta costosa moda pronto será sustituida por la ventarola. Se trata de un elaborado abanico pintado o bordado, y que se convirtió en regalo de boda tradicional de las novias venecianas.

Será este tipo de abanico, bordado, pintado o decorado, el que se impone a partir del siglo XVI, proviniendo dicha moda de las infantas españolas. Pero es el siglo XVIII la verdadera era de hegemonía de este utensilio. De tal manera se solía decir que una mujer sin abanico es como un hombre sin espada. Todas las mujeres poseían abanico, desde las de alta alcurnia a las más humildes, y así decía Madame de Stäel que "en el manejo del juego del abanico se aprecia la distinción de las damas. Y hasta las mujeres más bellas y elegantes, si no saben manejarlo con gracia y donaire, caen en el ridículo mayor". En Versalles, la etiqueta prohibía que se abrieran los abanicos en presencia de la reina, ya que eran símbolos de riqueza y derroche.

En el siglo XIX, el abanico no perdió el favor del público. Varió en su tamaño, al hacerse más pequeño, mientras que el oro y la plata se convirtieron en el principal sustituto de la pintura en el adorno. Así, el abanico de bodas de la emperatriz Isabel constaba de 300 brillantes y 252 diamantes. Durante esta época no hubo una moda particular de abanico, siendo más una cuestión de predilección de las señoras el elegir abanicos pintados o de encaje.


Por supuesto no podía faltar una pequeña referencia al lenguaje de los abanicos, si bien hay que decir que los estudiosos no se ponen de acuerdo en el significado de los distintos movimientos, pero podrían resumirse a los siguientes:

-Abierto, tapando la boca: Estoy sola.
-Dejarlo deslizar sobre los ojos: Vete, por favor.
-Golpeándolo, cerrado, sobre la mano izquierda: Escríbeme.
-Mantenerlo en la oreja izquierda: Quiero que me dejes en paz.
-Moverlo con la mano derecha. Quiero a otro.
-Moverlo con la mano izquierda: Nos observan.
-Movido con la derecha: Hasta mañana.
-Roto: Se ha terminado.
-Semicerrado en la derecha y sobre la izquierda: No puedo.
-Sobre los labios, semiabierto: Te quiero.
-Tocar con el dedo el borde: Quiero hablar contigo.

Aunque para realizar este artículo he acudido a mi biblioteca personal (salvo en lo relativo al lenguaje de los abanicos), he encontrado otras páginas interesantes relativas a los abanicos:

http://notascordobesas.blogspot.com/2009/10/el-abanico.html

http://www.revistadearte.com/2009/05/04/abanicos-obras-de-arte/

Fuente: Accesorios de la Moda, Diccionario Enciclopédico Salvat.